Dios aprieta pero no ahora

Dios aprieta pero no ahora

Dios aprieta pero no ahora


Claro, los abuelos son sabios. La táctica del abuelo ante la religión de entrada es neutral. Que la abuela quiere ir, él no pone pega. ¿Por qué? Porque al lado de cada iglesia hay un bar, y lo sabe. De esos que todavía tienen colgando los adhesivos anti moscas y los platillos con azúcar con las banderillas de todos los equipos de fútbol, ya sabes, por no hacerse enemigos, que en los domingos hay que llevarse bien y si no le toca barrer toda la mierda del azúcar de los platillos. No se tienen que reinventar para seguir porque sigue yendo la misma gente que al hacer la confirmación se despidieron del jesucristo. ¿Pero cómo ha llegado el abuelo hasta el bar sin que la abuela le empujase del codo hasta la primera fila? Porque a mí a los 15 todavía me preguntaban que qué hacía yo bebiendo del agua bendita y apoyado en la puerta. Eso es algo que nadie sabe.

Lo que sí es cierto es que el cura tampoco te quiere torturar y cuando te empieza a ver con la lengua fuera, los ojos en blanco y soltando saliva levanta los brazos, las viejas empiezan a cantar y tú crees que te ha llegado la hora, sale de lo más profundo de tu garganta un rumor que bien podría confundir al mismísimo diablo y te levantas con energía y empiezas a sonreír hasta que te das cuenta que el tío se está bebiendo el vino y limpiando la copa sin jabón. Eso no es tortura, pero sí que aprieta un poquito el cuello el cabrón. Cuando vas a dar un paso para largarte al puto bar incluso aceptando el riesgo de quedarte enredado entre esas tiras de cascabeles que ponen en la puerta para espantar a las moscas que se cuelan por la ventana y que nunca se pegan en esos adhesivos, y que nunca se comen el azúcar que al final terminas jugando tú con él y un palillo, el cura te manda sentarte. Tiene los tiempos de la paciencia controlados por experiencia divina, ya sabes, sabe más por viejo que por malo.

 

Lo que sí va bien, es darse la paz, al menos puedes mirar a los ojos a los demás y pedirles socorro con la mirada mientras le aprietas la mano con fuerza, como diciendo llévame al bar. Si hay algo que me quedó claro con la misa del pueblo, es que el yin y el yang de la religión no es dios y satanás, es dios y el dueño del bar que no cierra para ir a misa.

 

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