El amor no es lo que pensamos

El amor no es lo que pensamos

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Querido joven que no puedes respirar sin ella. Que sin ella no eres nada. Que tu vida no tiene sentido si él no está a tu lado. Que te falta el aliento,  🔊 la fuerza, la pasta, las ganas de verte… mi as de la manga… 🔊Bueno,imagínate que te hubiera tocado vivir la vida en la otra punta del planeta y que no hubieras tenido ninguna posibilidad de haber conocido a la persona a la que le pertenece tu pensar. ¿No serías nada, tu vida no tendría sentido, dejarías de canturrear canciones de Estopa del ’99?

Si hay algo que me fascina de la gente mayor, es que cuanto mayor son menos son los compromisos que aceptan. A casi todos les escucho hablar de sus parejas como “compañeros/as” y no como “novios, chicos, churri, machakas” o cualquiera de los nombres que denoten un compromiso, posesión o devoción, aunque realmente quieran decir eso mismo. Han entendido a la perfección lo que es el amor.

Al igual que a cierta edad nos empieza a crecer pelo donde antes no había ni una arruga, ese reloj biológico que nadie da cuerda y a todos nos suena la alarma de vez en cuando, nos avisa de que tenemos que perpetuar la especie, o al menos intentarlo, o bien satisfacer el resto de nuestros componentes que forman nuestra persona para transcurrir sin más, como uno más, en el mundo.

No nos enamoramos de una persona. No es su sonrisa la que nos pellizca el estómago cuando pensamos en ella, ni siquiera es su forma de ser, porque lo que nos enamoró en un primer momento fue su físico (espera, Internet, que estoy con lo mío) además, si nos preguntan qué es lo que nos gusta de esa persona, la primera respuesta es todo. Todo es lo que queremos tener y se encarga el corazón de decirle al cerebro que todo es lo que tenemos. Porque querer es poder. (Y queremos follar, ojo, principalmente follar, que si al amor le quitas el sexo te queda la amistad que esa sí es para siempre, incluso cuando dejas de tener sexo con esa persona).

Nos enamoramos sin más. De la persona que más se introduzca en nuestro círculo de pensamientos íntimos. La que con sus aristas imperfectas, mejor rellene sin arañar los huecos de nuestra vida a la que le llamamos corazón. Que aun sin querer saber si todas sus caras, todas las facetas de su personalidad, son compatibles con todas las nuestras, abrimos a doble hoja nuestro libro sin palabras para que escriba a fuego a su placer. Es por eso que tanto duele el pasar página.

Yo creo que si el ser humano es monógamo, es porque en la antigüedad la esperanza de vida no superaba los 40 años, así que realmente pasar “la vida entera, descontando la infancia, la edad de estudios, la de fiesta…” con una misma persona tampoco se hacía pesado. Pero ahora que podemos vivir 2 vidas de las antes, que vamos más rápido que las agujas del reloj y que hay como un 300% más de población donde elegir qué alma gemela copular, no tendríamos que preocuparnos demasiado en si encontramos a la persona definitiva, o en forzar la relación para que siga siendo la perfecta durante el resto de la vida, porque es muy difícil, si no imposible, encontrar a una persona, en la que todas las facetas de su personalidad: todas sus caras, estén exactamente buscando lo mismo que nosotros en todos nuestros ámbitos, durante cada estapa de nuestra vida. O bien esperar a que esa persona llega, que siempre llegará, será tarde. No tarde de vejez, si no de que la vida que queremos vivir con esa persona ya la hemos medio pasado esperándola y al final, nos queda la compañía, porque los recuerdos los tenemos con nosotros mismos en la mayoría. Nuestros recuerdos con otra gente pero finalmente nuestros.

 

Al final, después de superar esa fase de fractura emocional, después de haber escayolado el corazón y curado (ya está calculado y estudiado que el desamor dura de seis meses a un año, así como que el enamoramiento dura cuatro años) vemos el amor de otra manera, quizás con la misma ilusión, pero con distintos intereses. Vamos aprendiendo… hasta que desmitificamos todas esas mariposas del estómago y llegamos a compartir la vida con la persona ideal. Con la compañía de una persona ideal.