Por eso me encanta trabajar en la universidad

Por eso me encanta trabajar en la universidad

poledance Uno termina el bachiller y dice: mamá, quiero ser antropólogo. Tu madre te mira con cara de susto y decepción y resignada dice: lo que te guste hacer hijo y susurra: puto nini de los huevos. Después vas al campus universitario con 12 kilos en libros y 4 bolígrafos que nunca has chupado y caminando repasando esos apuntes imaginarios que nunca guardaste, mezclados con canciones de reggaeton que por mucho que digas te las sabes todas, te encuentras con una barra vertical y una chaval colgada de ella. ¿Gracias Señor, el todo poderoso que quiso guiar mi camino hacia la lujuria para entender que hace falta una carrera de futuro para poder pagar las necesidades de vivir en pareja en ese estilo? De nada, fracaso del preservativo de los 80, me respondió una voz de mi interior…

Ya desde los 50 metros lisos que recorrí a una velocidad bestial teniendo en cuenta que caminaba al ritmo del tango que sonaba, los espasmos de mi cuerpo dibujaban la silueta de un perreo a lo estilo damemásgasolinaDAMEMÁSgasooolina con los pantalones en las rodillas. La chica me miraba y yo recogí el guante diciendo: “bailar un tango con una barra no es lo mismo que hacerlo con mi mango” Lo siento, ya conocemos el epicentro de un hombre. Su mandíbula desencaja del horror siguió bailando y al terminar me quiso despachar diciéndome: “Qué ¿Te animas a aprender?” A lo que tuve que responder: “Mírame. Si yo me subiera a esa barra ambos extremos tocarían el suelo y tú en vez de hacer pole dance harías hula hoop“…, …, “pero aunque no tiene luz, mira mi pedazo sable” y ahí me tuve que ir corriendo porque ya se acercaban los de prosegur.

En realidad por muy poeta que uno sea, muy íntimo que sea su vocación profesional, sólo hace falta una chispa para que salte el niño que está dentro.